La noche del 2 de octubre de 1968
tras la matanza de cientos de jóvenes en Tlatelolco, Jacobo Zabludovsky
apareció en las pantallas de las televisiones mexicanas y dijo: “hoy fue un día
soleado”... El primero de julio de 2012, los conductores de los noticieros
mexicanos también se pararon ante las cámaras para decir que las elecciones se
habían llevado a cabo sin problemas, pasando por alto el sinnúmero de
irregularidades denunciadas ante organismos como la FEPADE y en las redes
sociales: casas y mecanismos de compra de votos, robos de urnas, amenazas a los
votantes a punta de pistola, cierre anticipado de casillas, supuestas boletas
agotadas y muertos.
Tras la clausura de casillas,
cuando aún no se contaba ni el 1% de los votos, la televisión nos dijo que ya
teníamos nuevo presidente; con menos del 2%, el resto de los candidatos,
excepto el de izquierda, ya habían aceptado la derrota; con menos del 15% y
sólo un 3% de ventaja sobre el otro candidato, el supuesto ganador ya había
salido a dar las gracias y a celebrar.
Mientras tanto las redes sociales
se han vuelto locas, los jóvenes están alborotados; con comentarios que van desde
lamentos derrotistas hasta bocetos de una revolución, exhiben imágenes que
avalan la hipótesis de un fraude electoral, casillas cerradas antes de tiempo
aunque quedaban boletas y votantes, registros en el PREP que no coinciden con
las sábanas colocadas afuera de las urnas, actas faltantes.
Sin importar el pacto de
civilidad firmado, la izquierda está lista para desconocer estas elecciones
hasta que se haga un conteo de votos que concuerde con las fotografías tomadas
por miles de personas en todo México y con las actas que los representantes de
partido tienen en su poder.
A pesar y también independientemente de eso, la posible imposición de una figura presidencial se maquiló con muchísima más antelación de la que cualquiera imagina, con una amplitud que no admitía margen de error, con millones de cómplices conscientes o inconscientes.
La manipulación mediática; la
coacción en sindicatos, instituciones gubernamentales y organizaciones; la
intimidación en pueblos distantes de la tecnología y el acceso a la información;
la compra descarada de votos; los robos de urnas; los sobornos a funcionarios
del IFE y las prácticas priístas ya famosas como el voto de muertos, entre
otros, son los elementos ya denunciados y demostrados que conforman una gran
estrategia que ha abierto una brecha irremontable de casi tres millones votos
en favor de un candidato y en contra de la verdadera voluntad del pueblo, la
que no se vende.
Saber qué pasará mañana es tan
imposible como adivinar cualquier futuro, pero hoy me atrevo a afirmar, sin
siquiera dudarlo, que, tal como lo menciona Enrique Peña Nieto, ganó México.
Sí, ganó México aunque haya sido el proceso electoral más turbio de la
historia; ganó México aunque más de la mitad de los votos del candidato del PRI
sean producto de métodos fraudulentos; ganó México aunque la ilegalidad e
impunidad fueron las grandes protagonistas de este año; ganó México aunque
López Obrador, el candidato del pueblo, haya perdido.
Ganó México porque a pesar de no
haber podido defender su voluntad, está terminando de afianzar los cimientos
sobre los que se construirá una verdadera democracia, el verdadero poder de la
gente. Ganó México porque luego de este intenso año electoral, se ha demostrado
que los ciudadanos están despiertos y dispuestos a luchar por la justicia y la
honestidad. Ganó México porque después de todo esto, las instituciones estarán
bajo la lupa, las televisoras serán cuestionadas, la gente saldrá a la calle a
informar.
Ganó México porque este no es el
final sino el inicio de una gran revolución que propugnará por el derecho a la
información de cada uno de los mexicanos, que promoverá la participación
ciudadana y que educará a este país para estar conscientes de que la política
no es propiedad de los políticos.
Tristemente, no podemos decir que ganó la voluntad del pueblo, pero tampoco podemos decir que perdimos del todo. La revolución mental continúa, la construcción de un país para todos apenas empieza, es por eso que ganó México, una victoria que a pesar de ser pequeña, es victoria.
El PRI del nuevo milenio y el que
se apresta a gobernar a la República sigue siendo un club trasexenal de
corruptos acusados y corruptos exonerados; de cotos construidos sobre la
intersección de la política y los negocios; de redes tejidas sobre el constante
intercambio de favores y posiciones, negociadas a oscuras.
Por que para eso regresa. Para ser aclamado, aceptado, reconocido. Para qué México lo reconozca como el gran hombre que él piensa que es. Para limpiar su nombre y todo lo que se asocia con él: las privatizaciones amañadas y las licitaciones pactadas, el hermano encarcelado y el hermano asesinado, la corrupción familiar y el escándalo que produce. Ese olor a podrido que acompaña todo lo que toca. Ese legado maloliente que lo sigue donde quiera que va. Esa herencia ambivalente que lo persigue.
A partir de hoy me comprometo a
hacerle marcaje personal a mi diputado, o a mi presidente municipal, o a mi
gobernador. Comprenderé que esa persona es mi empleado por que su sueldo
proviene de los impuestos que pago, y debo trabajarlo como tal en vez de
comportarme de manera deferencial frente a la autoridad. Al mínimo, debo tratar
a esa figura como mi igual.
A partir de hoy insistiré en que será necesario remodelar el sistema educativo. Para evaluar, para exigir, para profesionalizar; para enseñar a los mexicanos todo aquello que están aprendiendo los chinos y los coreanos. Para construir una educación centrada menos en la ideología y en el control social y más en cómo avanzar en el mundo.
A partir de hoy insistiré en que será necesario remodelar el sistema educativo. Para evaluar, para exigir, para profesionalizar; para enseñar a los mexicanos todo aquello que están aprendiendo los chinos y los coreanos. Para construir una educación centrada menos en la ideología y en el control social y más en cómo avanzar en el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario